La foto del día

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La lluvia no logra empañar el homenaje de Orreaga a Navarra

Cientos de personas secundaron la fiesta alternativa que Orreaga Fundazioa organizó con motivo del Día de Navarra. Como todos los años, está entidad ofreció a los asistentes una alternativa popular y alejada de los actos oficiales en la que participaron diferentes grupos y colectivos de la cultura vasco navarra.  En esta ocasión, la recuperación de la memoria histórica fue la causa que motivó todos los actos de la jornada. Además, desde Orreaga quisieron hacer un homenaje especial al cantante Mikel Laboa, fallecido el pasado lunes.

Fotos: Josu Santesteban 

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Colaboraciones

21 de julio de 2008

Artistas de la tierra en Londres

Ascension

Articulo previamente publicado en www.threemonkeysonline.com/es

Artistas españoles en Londres: Arantza Coterón Martín y Fernando Escribano Andrés

Autor: Ascen Arriazu

La galería en dicha ocasión utilizada, se llama Red Gate Gallery www.redgategallery.co.uk. Se ubica en un callejón, medio escondida, pero no por eso difícil de encontrar, bien conocida entre el mundo del arte y de los intelectuales universitarios de la ciudad, abre sus puertas a jóvenes artistas de todo el mundo. La entrada al local es oscura, con un arco de luces blancas y velas indicando el camino. Todo, como dirían los ingleses, muy mediterráneo. El local en sí mismo es pequeño, cálido, con un pequeño mostrador de bebidas y unas mesitas redondas desde donde se pueden admirar las obras con un vasito de vino y unas patatas fritas. Sólo en un país como éste se puede crear una atmósfera así en tan insignificante rincón. Fue en esa atmósfera que descubrí las oscuridades llenas de color de Fernando y el mundo de dolor de Arantza.

Fernando Escribano Andrés:

“Siempre me pregunto si el final de la obra depende del cuadro o de mí”

Fernando Escribano Andrés, nació en Enero de1.958 en Basauri, Vizcaya, como él dice: “un pueblo obrero del extrarradio de Bilbao, con olor a cenizas de Altos Hornos y a sirimiri sobre la tierra negra. Con colores grises, óxidos y azul oscuro”. Vivió siempre la pintura, desde las manos manchadas de color de su padre, hasta sus propias manos de ahora trabajando todos los pigmentos que nacen y mueren en el negro.

“Mis padres migraron de Navarra a Basauri”, cuenta, “y mi padre fue un pintor que nunca pudo dedicarse a lo que más amaba que era el arte”. Sigue hablando del hombre que lo introdujo a la pintura con esa adoración de hijo que ha seguido sus pasos: “El día a día de la vida no se lo permitió pero me enseñó desde pequeño que la pintura es una forma de desarrollo de uno mismo y que este camino hay que andarlo”.

Guarda sus enseñanzas en el corazón, siendo quizás la que más le ha marcado la de que cada uno ha de seguir el destino que desea. “Cueste lo que cueste, exigiéndonos el máximo a nosotros mismos e intentando cambiar la realidad cotidiana. La aceptación de la rutina es la muerte del individuo. Opino que uno es lo que quiere ser y lo que es capaz de ser”, concluye.

Estudió Bellas Artes en la Escuela de Artes y Oficios de Achuri, Bilbao, y en 1976 entró en la Escuela del Pintor Ismael García Zapater. Desde entonces no ha parado de atender a cursos y no ha desaprovechado oportunidades para trabajar de asistente para pintores como Alejandro Quincoces, por ejemplo. La lista de exposiciones en la que ha participado o colaborado es larga, algunas de estas incluyen Caballito de cartón o London Collective Show of Contemporary Art. Sus cuadros han viajado no sólo dentro del país sino también fuera, y a pesar de empezar a dar a conocer su nombre en salas pequeñas y a veces arropado por la familiaridad de su ciudad natal o pueblo materno, ha sabido moverse lejos y desde su estudio en un tranquilo rincón de la Rivera Navarra, se mantiene en contacto con empresarios y expositores europeos.

Su obra es oscura, intensa, donde va, llama la atención entre el resto de los cuadros, llama a gritos al espectador: “¡Estoy aquí, es imposible ignorarme!”

Y es ciertamente imposible ignorar a la madre con el niño en brazos, con esa ternura que sólo una madre da y un no sé muy bien qué de tristeza que sólo la paleta del artista puede expresar.

Desde la pared de enfrente llama en susurros el hombre solitario en mitad del cruce, envuelto en la soledad de la calle, en el mundo casi de cine que representa la escena. Nos traslada con brío a aquel cine negro americano de los años cincuenta. Veo el sombrero y la gabardina con olor a humo del Humphrey Bogart de entonces, pero con ese esnobismo de las nuevas técnicas, con ese detalle casi fotográfico que engaña al ojo, que hace pasar el dedo sobre el lienzo, en búsqueda de esa técnica que describe el autor como un poco complicada.

“Es la consecuencia de muchos trabajos con diferentes técnicas”, dice describiendo los muchos y largos años de experimentación. Añade que llega un momento en el que “cuando realizas una obra dejas de sufrir y la concluyes como quieres, con un resultado que ya habías imaginado”.

Bromea en su sencillo estilo: “Nosotros los pintores a esto le llamamos trabajo de cocina. Mis obras no se basan en modelos”. En lugar de ello, dice utilizar la imagen con la que se nos bombardea hoy en día a través de los medios de comunicación. Pero algunos de sus cuadros parecen tan personales, que me cuesta trabajo creer que estén inspirados en la televisión, el Internet, u otra de las fuentes que él mismo dice utilizar. Me siento, observando las expresiones de los personajes en un par de sus obras, como si estuviera mirando un poquito dentro de su alma: el gris predominante de las caras con expresiones doloridas; el lío de colores de fondo, que engañan al ojo, parecen negro pero en realidad son una mezcla inconcreta de colores; las miradas hacia abajo… ¿Miran los ojos de Fernando también hacia el suelo, con esa infinita tristeza que intuyo en sus personajes o es realmente su vida un sinfín de matices de colores convergentes en el negro que lo abarca todo? Me pregunto si él verdaderamente quiere dar la sensación de intimismo y análisis interno que yo percibo, de “soy yo pero fuera de mí”, de dolor en el júbilo, de fantasía en el marco real del pasar de cada día.

“Trabajo sobre situaciones que me impactan, las archivo en mi cuaderno de apuntes y escribo sobre ellas”, me explica tranquilamente, “me recreo en ese sentimiento y lo plasmo primero en una narrativa o en una sensación en verso, depende de lo que me inspire esa situación o escena. Bueno algún día juntaré todos mis escritos con los cuadros”, promete.”Ese es otro proyecto”.

El artista trabaja con fotografías que busca o produce él mismo, las manipula con photoshop para conseguir la atmósfera requerida y trabaja con ellas, creando copias con diferentes matices hasta obtener lo que necesita. Dice que las copias las pega a la pared para no perder el recuerdo del ambiente del momento que le inspiró originalmente. Yo, sonrío al imaginármelo en una gran sala con un gran cartel de anuncios lleno de recortes y anotaciones, algo así como el aula de investigaciones de la policía: el teniente Escribano en busca del criminal, su arte que lo acompaña día y noche. Incansable Kojac en busca del resultado final, el color, o el abuso de él en algunos casos, encarcelado en el marco del cuadro.

“Mis pinturas se basan en el dibujo que sólo tiene importancia en el primer momento, luego se pierde para recuperarlo en parte al final. El color siempre sale del negro más profundo para conseguir los demás colores paso a paso siempre de la oscuridad a la luz”.

Fernando Escribano no le teme a los temas polémicos, no denuncia nada abiertamente pero en el fondo, en sus cuadros plasma muchas veces una realidad social que a más de uno no le gusta. Su participación en Tarazona, una preciosa ciudad mudéjar en los límites de la provincia de Zaragoza, en una exposición sobre la violencia de género: “Caballito de cartón”, no sólo refleja su preocupación por la desgraciada situación de muchas mujeres en España, sino que nos da con su aportación a ella, una molesta mirada al problema. Su cuadro nos muestra a una mujer verdusca, con las manos rosadas del torturador tapándole la boca y agarrándole el pecho

Fernando prepara él mismo sus materiales con pigmentos que aglutina con lo más simple, como esencia de trementina y algo “más” que se niega a descubrirnos. “Capa a capa lo lijo y quito lo que sobra y lo fijo con lacas y barnices y algo “más”. Me intriga ese “más” ingrediente, pero sabedora de que cada cocinero tiene su secretillo y que originalmente el pintor me ha aclarado que su arte es un poco como la cocina, dejo que mi paladar disfrute de las imágenes sin darle demasiadas vueltas a las cantidades de especias o hierbas añadidas a la receta.

“En mis obras sólo hay sentimientos. Todo esto lo pongo yo y el espectador pone sus vivencias y sus sensaciones íntimas más profundas, con todo esto se forma el cuadro final que es la obra mirada con los ojos inmateriales”. Tras esta poética explicación me recomienda que me acerque a su blog y le de un vistazo para entender aun mejor su mundo, su trabajo, su vida interior y la vida de su paleta y sus pinceles. (blogspost.com; Del negro al color; Escribano Andrés)

Fernando Escribano no le teme a los temas polémicos, no denuncia nada abiertamente pero en el fondo, en sus cuadros plasma muchas veces una realidad social que a más de uno no le gusta. Su participación en Tarazona, una preciosa ciudad mudéjar en los límites de la provincia de Zaragoza, en una exposición sobre la violencia de género: “Caballito de cartón”, no sólo refleja su preocupación por la desgraciada situación de muchas mujeres en España, sino que nos da con su aportación a ella, una molesta mirada al problema. Su cuadro nos muestra a una mujer verdusca, con las manos rosadas del torturador tapándole la boca y agarrándole el pecho.

Arantza Coterón Martín:

“quiero evolucionar y mejorar como ser humano precisamente para que mi creación plasme todo mi aprendizaje”

Arantza es sencilla. Pensándolo bien, es demasiado sencilla. Su obra en cambio es complicada, dice incluso más de lo que la misma autora quisiera decir, nos sirve en bandeja descuidadamente su alma, para analizarla, para desnudarla, como las mujeres de cuerpos blancos y negros que se repiten en su trabajo: cien fotografías, unidas por el vídeo. No es fotografía, no es vídeo, el crítico ojo del espectador observa la proyección preguntándose qué quiere en realidad expresar la autora, y ella misma, con esa sencillez que hemos sentido desde la primera de sus palabras lo dice: no importa, lo que ella exprese será diferente totalmente de lo que el espectador perciba, no importa. ¿No es eso en realidad lo que llamamos arte? “Es la fotografía que viaja. Es el hacer de andar por casa, que el observador adivina”, dice, “dadme mas dinero y”…

Y eso es en realidad lo que haría falta: una gran proyección, le han dado un rincón con una tele enana de las que ya casi ni se encuentran en el mercado. Haría falta la pared entera, una sábana blanca que al mismo tiempo imprimiera arrugas al trabajo fotográfico, movimiento a la imagen fija que grita desde la pantalla. Arantza es clara, no quiere expresar más de lo que expresa: un análisis interno de su alma, de su interior herido, de sus manos, de su cuerpo desnudo. Se nos da entera, el que quiera que lo tome, el que no, que lo deje. Ahí esta, sin tapujos, con la belleza de la imagen y la fealdad en algunos casos, del dolor que representa.

Su obra… es una colección de fotografías en las que se mezcla el cuerpo humano con los objetos, imágenes que acarician el surrealismo aunque para la autora sean muy reales. El cuerpo imperfecto de la mujer de rostro escondido. El cuerpo humano se llena de vacíos, de cortes, de mutilaciones que la técnica digital ha ayudado a llevar a cabo. Las piernas toman sentido por sí mismas, los torsos sin cabeza, recogidos en sí mismos, los miembros encarcelados tras ventanas enrejadas y naciendo de grandes tuberías industriales. Recuerdo que los asistentes a su exposición en Londres le preguntaron por el dolor, que quizás se aprecie más en la tercera parte de su trabajo en vídeo, donde el tronco femenino se convierte en pies de ranas cayendo de las jaulas, elemento constante en su obra. Cadenas, relojes del revés, sillas vacías, suplementos siempre presentes alrededor de los sujetos principales.

Arantza lleva años moviéndose en el mundillo del arte. “Lo que he podido ver la verdad es que no es muy bueno”, se lamenta, “todo está enfocado para la ganancia de la galería. Me explico: a mí me han dicho de mi obra que era buena pero al no tener un soporte detrás que garantice cierta seguridad económica, no apuestan, por eso tienes que moverte por otros circuitos muy cerrados como las ferias de arte independiente aunque la trampa está en que para acceder a ellas tienes que ir con galerías”. Un círculo eterno que la marea en un sinfín de llamadas a puertas entreabiertas. En estos días viajará a Madrid, donde expone en la feria de arte independiente FAIM 2007, pero sigue comentándonos que lo más difícil es “encontrar esa galería que apueste y no te sangre”. Hasta el momento se ha autofinanciado ella misma. Al artista que va subiendo se le piden cantidades ridículas de dinero para poder ir abriéndose el camino. Arantza está ya demasiado acostumbrada a esta lucha, de vez en cuando se le viene a la boca ese rugido de leona herida, se queja de los muchos que llegan sin merecerlo, de los muchos que se van quedando en el camino mereciéndolo.

Se define como artista pictórica y audiovisual, vídeo arte. Aunque me da la impresión de que, modesta y sencilla como es, lo de artista lo dice con la boca muy pequeña. Ella da forma a sus sentimientos, nos muestra su percepción del mundo, lo vemos con sus ojos y con su opinión algo onírica y surrealista de lo que tenemos delante, pero se confunde con lo irreal. Sus imágenes de cuerpos femeninos desnudos, imperfectos, casi asexuales, impactan al observador en los pocos segundos que Arantza nos da para observarlos.

“Créeme, no soy ninguna genio”, dice, “mas bien soy alguien que intenta mejorar y crecer con todo lo que hago, no quisiera que mi vida girara sólo alrededor del arte, quiero evolucionar y mejorar como ser humano precisamente para que mi creación plasme todo mi aprendizaje”.

Le pido que me hable de ella misma: “Yo adoro mi tierra”, comienza, “me encanta el mar y la montaña. Salvo el sol que a veces brilla por su ausencia, en el norte hay calidad de vida, aunque ya se sabe que estas opiniones son muy personales y cada uno ve la peli como le toca, bueno ante todo me considero ser humano y luego puedo tener mil denominaciones y vasca es una de ellas, ni me pone, ni me quita nada, Bilbao en sí no es que signifique nada, significan las vivencias que yo he tenido en Bilbao y han sido muchas y de todo tipo, llevo media vida viviendo en el norte creo que la tierra las montañas, la playa, estan ahí, son entesque ni se inmutan ante ese tipo se sandeces que no hacen mas que encasillarte”.

De nuevo vuelve al tema de la lucha por llegar a algo. Me hace pensar en cómo la creatividad ha sido a lo largo de la historia la enemiga del verdadero creador. Artistas que ahora disfrutan de todo el prestigio que sólo el tiempo ha sabido darles, sufrieron la precariedad de una vida sin facilidades de ningún tipo. Y es que el mundo del arte a veces es un mundo ingrato, especialmente para quien con toda la sensibilidad que envuelve al artista, se ahoga en su propio genio creador, saliendo a flote en pequeños suspiros temerarios. Todo esto siento al mirar las fotografías de Arantza que me miran desde el fondo de su alma.

“Ni siquiera me esfuerzo, en defender nada, solo disfrutarlo y como todos, a veces necesito salir, ver otras cosas, otros lugares, nutrirme de otras esencias, para venir más renovada a Bilbao”. Noto la presencia de la ciudad en esas imágenes grisáceas, en las placas de titanio reflejadas en sus fotografías. Insisto en que me rebele la identidad del cuerpo siempre protagonista de su trabajo. “Realmente no te puedo desvelar quien es la modelo de mis fotos”, dice, “es alguien especial para mí, en el sentido de que encarna todo aquello que yo quiero plasmar en mis imágenes, es TOP SECRET, solo te diré que no soy yo, pero considero que el artista siempre está presente en su creación, si yo fuese rosa, no puedo crear en azul. Empezó con lo que ella denomina video creación y es ésa la faceta suya que a mí personalmente más me interesa. No sólo por el resultado de la obra en sí, sino por la polémica que la técnica ha llegado a generar. En sus primeras presentaciones le aconsejaban concentrarse tan sólo en el vídeo o en la fotografía impresa. “El poner sonidos a la imagen es una ornamentación que contribuye a mi modo de dar más cuerpo o mejor dicho dar más recursos al espectador para que se impregnen de la creación”, explica, “ocurre lo mismo en la lectura, una buena música de fondo hará que tu imaginación se despliegue, se potencie”. Y efectivamente, para muchos así es, aunque otros prefieran el silencio del libro, el misterio del susurro de las palabras. “Ahora mismo estoy exponiendo la feria de arte independiente que se celebra en Madrid en octubre, se llama FAIM y es una feria para artistas que no tenemos galerías, la idea me pareció muy buena”. A lo largo de la entrevista, menciona varias veces la frustración de no poder exponer tanto y tan libremente como querría, de tener que anteponer, en muchos casos, comercialidad a creatividad para poder ser considerada en algunos ámbitos. “Están convirtiendo el arte en una vulgar venta al por mayor”, acusa sin miedo, “lo que cuatro modernos interpretan como arte”. Arantza es consciente de que comentarios como ése no la ayudan en el aspecto de marketing, pero así como ya la hemos calificado de sencilla, le podemos ahora aplicar la otra “s” y calificarla de sincera, dos cualidades que quizás no vayan de la mano del éxito hoy en día, pero que ella lleva por delante, como arma de ingenua guerrera ignorante del verdadero riesgo. Dice quejarse tanto porque hay muchos artistas que tienen que pagar lo que ella cita como “cantidades indecentes de dinero por exponer”. Añade que si hicieran el mercado más asequible sería más fácil para los que como ella intentan abrirse camino. Está llena de fuerza y ganas, pero no ve el camino elegido como el más fácil. “Exige mucha lucha y sacrificio”, exclama describiendo el mundillo en el que se mueve. “Como yo hay doscientos mil. Intentando tener una buena oportunidad para al menos poder vivir de ello. Yo pensaba hacer cosas productivas con el arte, me refiero a invertir en proyectos que yo denomino útiles”.

Vuelvo a las imágenes de su obra y le pregunto qué es lo que en realidad busca, sin duda se adivina una desesperada búsqueda en las composiciones de sus fotografías. “Supongo que para el propio artista su creación es una especie de terapia con su yo”, me responde. “No es fácil. A veces se tarda en descubrir algunas cosas, la pregunta que me haces me exige un acto de introspección. De momento me temo que no puedo contestarte”. Pero sigue pensativa: “Básicamente estoy buscándome. Creo que todos nos buscamos, unos creen haberse encontrado, otros se encuentran y otros… ¡en fin!”

Se niega a darme una explicación exacta en cuanto a la simbología de su obra. “Date cuenta que para mí éste era un lenguaje desconocido, que yo misma no era consciente de que poseyera”, dice con un cierto misterio. Habla de los relojes que protagonizan su creación, siempre impresos del revés, cómo: “una negación del tiempo, lo que implica una negación de la vida o bien un deseo de romper con el pasado”. Otros elementos que se repiten son las sillas, las cadenas, un reflejo del tiempo que pasa o que se estanca. “Las sillas son apoyos”, dice, “como los apeaderos de las autopistas. Son modos de comunicación que conozco bien y que adquieren distinto sentido dependiendo del momento. Una cadena siempre será una cadena, el tiempo siempre será el tiempo, la diferencia radica en que tú te hayas liberado del sentimiento negativo que producen”.

La maternidad también se adivina reflejada en el fondo de la imagen. “Es algo lejano, pero creo que habiendo llegado a un equilibrio individual ha de ser una experiencia como de vivir una infancia de nuevo”, la define con cierta poesía, “sería algo así como ser niño pero sin problemas”, concluye.

Dice darse toda cuando habla, dice que lo que esconde puede ser malo sólo para ella misma, y en cambio a mí me da la sensación de que siempre se guarda algo, que hay un misterio, una experiencia oculta que adivino en sus impresiones, pero que no me quiere rebelar. Su alma no va del objetivo al papel, no llega entera, se queda acurrucada, en secreto, en algún ángulo escondido de su cámara oscura. Desisto de insistir, no vale la pena, se que Arantza no se desnudará nunca del todo ante mi intromisión de reportera curiosa. Lo que hago es insertar de nuevo el DVD que tan amablemente me ha regalado y perderme una vez más en sus imágenes, estas sí, desnudas, y en su mente humilde, de buscadora incansable. No entiendo muy bien si busca apreciación, o comprensión, o rebelión, o como ella misma me ha dicho: nada en concreto, y todo al mismo tiempo. Lo que si que entiendo es que las imágenes que me miran desde la pantalla reflejan una autora que nunca me va a descubrir todo, que se va a guardar el secreto bajo el abrigo, como el buen cocinero, como el ingrediente sin nombre de Fernando, como la técnica no rebelada de la buena amante. Arantza sigue viajando entre jaulas, sillas, señales de tráficos, cuerpos sin cabeza, yo sigo buscando un no sé muy bien que en cambio, sé que no llegaré nunca a descubrir del todo entre los elementos oníricos de su trabajo.

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