22 de abril de 2008

Por las tierras de Sandino. crónicas. Ometepe.

Escrito por Alain

De Granada, después de una corta visita a Diriangén, salí camino de Rivas hacia la isla de Ometepe. Embarqué en una vieja barcaza de pasajeros en unas aguas realmente bravas. Nunca pensé que un lago pudiese castigar a sus aguas con semejante saña. La imagen idílica de una enorme balsa, inmóvil y apacible de aguas relumbrantes, se convirtió en un autentico carrusel de subidas y bajadas sobre aristadas olas de aguas enmarronadas que, como muros de adobe, aparecían y desaparecían golpeando inclementes la quilla de la vetusta embarcación, entre crujidos y lamentos de la ajada madera, lo que provocaba  de una vez la sonrisa cómplice de los lugareños y el controlado pánico entre los turistas. Entre sacudida y vaivén, portentoso ascenso y angustioso descenso sobre las olas, las gaviotas en prodigiosas maniobras, se acercaban y alejaban vertiginosas de la cubierta de la embarcación entre angustiosos graznidos que los navegantes respondían con el lanzamiento de migas que, en asombrosas acrobacias y recias disputas, las más hábiles atrapaban en el aire. El oleaje no menguaba y entre el cresterío turbio de las aguas y el resol metálico de la luz del mediodía se apreciaba solemne, el cono perfecto del volcán Concepción. Una pequeña embarcación a remos y sus dos marineros luchaban habilidosamente entre las olas y tendían sus recosidas redes en busca de los asustadizos peces.

Ometepe, en lengua náhuatl significa dos montañas, es la isla más grande del mundo situada en el interior de un lago. En sus 275 Km . cuadrados acoge dos magníficos volcanes: el Concepción, y el Maderas con 1395 metros . Se podría decir que la propia isla son los dos volcanes unidos por un istmo estrecho de tierra. El Concepción es un cono perfecto, como son los volcanes de los cuentos. Su figura intachable emerge de las bravas aguas laureada por una eterna corona de nubes, haciéndolo perceptible desde  la orilla más cercana, accesible pero regio. El Maderas tiene una cima redondeada que no aparenta ser la de un volcán “convencional”, sin embargo en su cráter aloja una laguna de aguas oscuras que atestigua ese origen volcánico. Habitualmente, las nubes de la mañana se agarran a la ladera boscosa y oculta su cima a los visitantes como si se acomplejase ante la presencia fiereza de su hermano mayor.

A medida que nos acercábamos a la isla el oleaje decreció y al entrar en la bahía el agua súbitamente se clamó, las gaviotas que nos seguían solicitando alimento a cambio de sus acrobacias, como los malabaristas que trabajan frente a los semáforos, cambiaron el sentido de su vuelo y retornaron al puerto de Rivas tras otra barcaza que, a tenor de las sonrisas ingenuas de los navegantes, mayoritariamente turistas, no eran conscientes de la situación de las aguas y del tormento que los deparaba el cercano horizonte. Observando en la lejanía las cabriolas aéreas de las todavía hambrientas gaviotas y pensando en las turbulentas aguas que la barcaza que nos cruzamos, tan anciana y destartalada como la que nos transportaba, debía soportar llegamos al puerto de Moyogalpa, la segunda población más grande de la isla y situada en la ladera oeste del Concepción, justo en el lado opuesto al de la mayor población de la isla, Altagracia, situada al este del enorme volcán.

Agarré un bus y tras cruzar el istmo, llegué a la Magdalena desde donde ascendí un kilómetro por la ladera del Maderas hasta la finca Magdalena. También dedicada al ecoturismo y al cultivo ecológico, además de la tranquilidad del lugar, su magia, sus vistas del Concepción, su situación en las faldas del volcán, las vistas de la tranquila bahía (aunque supiese que era irreal esa placidez que las aguas mostraban en las orillas), la flora y la fauna,… elaboraban un excelente café.

 

Y en este idílico paisaje estuve cuatro días caminando de un lado a otro de la isla, disfrutando del bosque y sus habitantes: tranquilos monos aulladores que de vez en cuando rompían la calma con sus devastadores griteríos, locuaces loros de copete rojo, bullangueros cayanos de cola verde y acrobático vuelo (así denominan acá a especies parecidos a los periquitos verdes), indiscretas urracas de azulado plumaje y elegante cresta que me acompañaban posándose en los arbustos que escoltaban el camino en una infinita e imprudente curiosidad y supongo que más especies animales que, tan curiosos como las urracas pero bastante más cautos, se asomaban a mi paso o huían de mi presencia sin ser detectados.

En la calma de este paraíso sume un año más a mi curriculum personal, en una cifra que ya comienza a abultar un poquito, que no a pesar todavía, con la siempre agradecida compañía de Eduardo Galeano y Juan Rulfo, que a García Márquez lo guardaba para mis días por las tierras de Colombia.

 

La última noche en el lugar la pase en blanco a causa de los mosquitos, habilidosos ellos encontraron los escasos agujeros que la mosquitera tenía y me masacraron durante la corta noche, a las cuatro agarraba el bus para ir hasta Moyagalpa y enfrentarme nuevamente al turbulento mar dulce del Cocibolca, nombre originario del rebautizado lago Nicaragua, y a causa de los ratones que la antigua casona tenía como inquilinos. En el viejo granero reacomodado como “hotel”, los ratones de campo "tamaño gato grande" se alimentaban de lo que podían. Hombre prevenido, había comprado unos panes dulces para desayunar al levantarme antes del amanecer. Los muy cabrones, además de limpiarme el desayuno, me hicieron un considerable boquete en la mochila, además de tenerme toda la noche en vilo, esto con la ayuda del zumbido de los vuelos rasantes de los mosquitos.

Tras casi tres horas de bus en la noche por los ahuevados caminos de terracería de la isla, una tranquila travesía por las aguas aún dormidas del Cocibolca, y una horitas de bus, llegué a la caótica frontera de Costa Rica. Salía de “Centroamérica”, o al menos de su “unión política o económica” y era necesario sellar tanto la salida de Nicaragua como la entrada a Costa Rica. Agarré bus y tras cinco horas me planté en San José.

 

Cuando se habla de Costa Rica uno se hace a la idea de que es el país más avanzado de Centroamérica. Además de no tener ejercito, abolido en 1948 para evitar más guerras civiles, su “neutralidad” (entrecomillada porque colaboró con el gobierno gringo contra la nicaragua sandinista) y estabilidad social, ha hecho que muchas empresas se radiquen allá y la economía haya crecido. Muchas personas de países vecinos emigran hasta este país en busca de las oportunidades que sus países de origen les niegan o no les pueden ofrecer. Pero cuando llegas acá, todo es parecido, el ritmo, la comida, el clima, el transporte, las carreteras…

San José no tiene gran cosa para ver, pero después de varios días de bosque, el contacto con la “civilización” se agradeció: cena en sucursal de hamburguesas (pero  no mcdonalds), comida a base de sabrosas, enormes y económicas porciones de pizza y frescos (jugos fríos y aguados, pero igualmente económicos).

Ciudad anodina, con escasos encantos para visitar, en el centro tiene un par de largas calles peatonales. Comienzas a caminarlas y es un insistido caminar. Los comercios y “restaurantes” (si mcdonals se puede así considerar) se repiten en todas las cuadras. Como si de un tiovivo se tratara o del sinfín de una maquina, la sensación es que no avanzas o de hacerlo lo haces para regresar al mismo lugar de donde partiste. no recuerdas haber tomado ni una curva, ni un solo desvío, pero acabas en los mismos lugares, al menos en los mismos comercios. En cuatro manzanas hay 6 sportline, (tienda de deportes) y como cuatro mcdonalds, además de otras iteraciones menos insistentes. Los parques son tranquilos a pesar de la constante presencia de esculturas marciales de prohombres a caballo o en castrenses poses con elegantes uniformes y el pecho apretado de medallas. A pesar de no tener en estos momentos ejercito, como en casi todos los países de América latina, los parques están infestados de esta “fauna” que recuerda la historia tan dramática de estos pueblos.

También he detectado la presencia de abundantes bustos de en las ciudades de el continente de personajes históricos de otras naciones. Así Confucio, Carlos Gardel, el general Artigas, Ghandi y otras personalidades pueblas los paseos, parques y plazas de ciudades por las que jamás pasearon, visitaron o tuvieron relación alguna.

Comentarios :

Ellen Perez

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Debby Clemons

2008/09/19 16.17h

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Marta Sosa

2008/09/21 05.55h

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Missy Santos

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Joelle Daugherty

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2008/10/04 10.49h

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Sobre este blog

No resulta fácil describirse uno a si mismo. Una de las canciones de mi infancia, me invita a contar mentiras, pero como la Txantrea es un pueblito, no tendrían mucho recorrido. Vivo y trabajo (por ahora) en la Txantrea; y vivo y trabajo para la Txantrea. Aficionado a los viajes y a la fotografía, uno de mis sueños es vivir y fotografiar Macondo, población radicada en la mente y los recuerdos de Gabriel García Márquez. Quien sabe, quizá algún día tenga la oportunidad de parrandear al son del acordeón de algún Buendía, o tomar parte en alguna de los treinta y dos levantamientos que el coronel promovió; o que miles de mariposas amarillas revoloteen a mí alrededor, anunciando mi presencia. Quien sabe.

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