05 de agosto de 2008

Cuento

Escrito por Ascension

El viento

 

En las calles jugaban niños sucios de ropas rotas, con sus caritas de ángel rasgadas por cicatrices y arañazos. Con uñas negras y ojos blancos. Niños de bocas desdentadas y manos vacías. Niños grises de almas grises. Mentes llenas. Corrían entre los coches y pisoteaban la hierba seca buscando la sombra de los altos edificios.

 

Mayores con prisas sudaban entre hormigón y cristales. La ciudad entera se ahogaba con aquel sol. Los edificios se ahogaban, los coches se ahogaban, los carteles de las tiendas se ahogaban.

 

Un día al atardecer se oyó un murmullo a lo lejos. Sonaba allí, en la carretera, donde duermen olvidadas las vías del tren y las palomas. Y en el prado, donde quedó abandonada la vieja finca de los marqueses. Y allá en lo alto, entre las rocas y los matorrales del monte.

 

Se movieron las palomeras y crujieron las ruinas de la finca, y el árbol del monte se llenó de nuevo de vida. El rumor fue entrando por las calles y los niños se estuvieron quietos. Empujó las ventanas y los mayores levantaron la vista al cielo. Era el viento. Por fin tras mucho tiempo de desolada ausencia llegaba el viento llenándolo todo.

 

Los cabellos de Petra dejaron sus hombros enredándose en el remolino de polvo. Sus ojos se llenaron de arena y sintió en su piel la vida del viento fresco. De pie, en mitad de la calle medio vacía, doblo sus rodillas, dejó su maleta en el suelo y respiró profundamente, hasta sentir sus pulmones llenos.

 

"Ya no me marcho", dijo en voz alta, "ya no puedo dejarlo todo, hay mucho por hacer aquí". Comenzó a caminar de vuelta a casa por la larga avenida de jardines amarillos, mirando cómo la saludaban los visillos por entre las ventanas abiertas. Llego a su puerta y su madre la abrazó sin decir nada, deshizo su equipaje, colgó de nuevo sus ropas en el armario y se secó un par de lágrimas, mirando a los zapatos manchados de polvo de la hija.

 

"Ya no me marcho", repitió de nuevo, "ya no puedo dejarlo todo", y la madre le tomó la cabeza entre sus manos y la besó en la frente, con toda su ternura, sin decir palabra, sabiendo que tarde o temprano, llegaría de nuevo el momento.

 

Cenaron en silencio con todas las ventanas abiertas, con el viento inundándolo todo, con incredulidad en sus miradas, sosteniendo la servilleta con los codos para que no volara. Y durmieron sobre sus camas, sin sábanas, con el viento acariciando sus piernas.

 

Al día siguiente Petra salió temprano, con el pelo atado a su espalda, con el mismo viento revolviendo su falda, con la sonrisa puesta, como mucho tiempo antes. Miró al cielo y vio llegar las nubes a lo lejos, y siguió sonriendo y caminando respirando con fuerza.

Pasó la jornada preguntando en agencias de trabajo, rellenando cuestionarios, haciendo tests numéricos y redacciones sobre objetivos y buenas y malas cualidades, y volvió a casa con el alma llena de esperanza.

 

"¿Algún progreso?" Preguntó ansiosa la madre. "No, nada nuevo. Pero esta vez tengo esperanza, este viento fresco es una buena señal, nada puede salir mal ahora".

 

Transcurrió la primera semana, y los niños en las calles se veían más limpios, más calmados, con las caras menos rojas y los ojos más llenos. Petra siguió sin perder la fe, su búsqueda. De agencia en agencia, dejando curriculums y respondiendo a preguntas falsas con respuestas ensayadas de antemano.

 

"¿Mis cualidades? Persistencia y mucho interés, soy inteligente, sé trabajar con otros.... ¿Mis defectos? Quizás soy un poco demasiado perfeccionista", y mostraba aquella sonrisa inocente practicada por horas frente al espejo del baño.

 

Tras un par de semanas comenzó a recibir algunas respuestas:

"Estimada señorita:

Lamentamos comunicarle que no ha sido seleccionada...

Lamentamos comunicarle....

…que no ha sido seleccionada...

…no ha sido seleccionada...

…no seleccionada…

 

Un mes más y la esperanza comenzaba a convertirse en engaño.

 

"El viento sigue, es buena señal". Y el viento siguió y sopló tan fuerte que derribó dos árboles en la carretera.

 

A los dos meses de búsqueda, una agencia la tomó como secretaria bilingüe.

 

"Bienvenida a nuestra compañía señorita. Su presencia aquí será de mucho valor para nosotros".

 

Una semana de prácticas y el viento comenzó a calmarse y a convertirse en una brisa suave que despertaba a las tardes.

 

"Mami, creo que esta vez va en serio, ¡me han dicho que tomaré las notas en una reunión de empresa el próximo martes!! Esta vez no me despiden, esta vez duro".

 

La reunión salio perfecta. Una tarde el director la llamó a su despacho:

 

"La felicito señorita, estamos muy contentos con su trabajo, sólo voy a pedirle que ponga un poquito más de cuidado en su apariencia, no sé… unos zapatos altos, una falda un poco más corta, más moderna. Comprenda que nuestra empresa es muy conocida y tenemos que dar una perfecta primera impresión".

 

Petra recorrió las calles de las mejores tiendas, y compró tan barato y tan moderno como pudo. Al día siguiente se miró al espejo y se sintió bien.

 

"Parezco más joven, parezco incluso más delgada. Ha sido una buena idea".

 

Aquel día el representante de Inglaterra le dictó unos papeles y miró mucho a sus piernas. Petra lo interpretó como un halago, algo inocente y bueno. Tres días mas tarde, al ser mandada a la oficina del director para interpretar una reunión con él, su compañera de mesa se acercó a ella y le desabrochó un botón de la camisa.

 

"Muestra lo que tienes nena, para eso estamos. No seas tímida, te tienes que ir acostumbrando".

 

Poco a poco se fue habituando a todo, ella misma se maquillaba con colores más oscuros, compraba las ropas más estrechas, las faldas más cortas. Hasta que un día, al cruzar el corredor con suelo de mármol blanco y grandes ventanales abiertos, notó que ya no estaba, que algo faltaba de nuevo en su vida.

 

"El viento", se dijo, "el viento ya no sopla. Ni siquiera con esa brisa suave de las tardes".

 

Caminó hasta casa y vio a los niños de nuevo sudorosos entre los coches de las calles secundarias. Llegó a su puerta y miró a la madre, que le devolvio la mirada seria.

 

"Vengo para hacer mi maleta", dijo.

"¿Te marchas? Sí, ya lo sabía. Me lo había dicho el corazón hace tiempo. Pero dime al menos qué es lo que andas buscando".

"El viento fresco, madre, la esperanza, el sentirme llena al hacer algo. No lo sé muy bien. Sólo sé que es algo que aquí ya no encuentro".

 

Cruzó la calle mientras la madre lloraba, sin mirarla, apoyada en la puerta cerrada. Con las manos llenas de esperanza por ella, con los ojos apagados.

 

Petra caminó por horas sin saber muy bien hacia donde, hasta que oyó algo de lejos, como un murmullo llamándola desde las vías del tren y los palomares. Era el viento que la metía prisa. Llegó a la estación y compró un billete, tomó el primer tren y partió a su encuentro.

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Sobre este blog

Hace ya 14 primaveras que deje mi tierra. Aun no he olvidado la montana eterna, azul y verde, que me despertaba por las mananas, ni los adoquines del casco viejo, ni la neblina humeda de los amaneceres de invierno. Desde la distancia, vuelvo a mi tierra en un entusiasta intento de atar cabos sueltos, de revolver el pasado, inmortalizar el presente y sonar el futuro. En todos estos anos han pasado muchas cosas buenas y algunas menos. Pero mi vida sigue ligada al panuelo rojo del cuello, tan revolucionario como hogareno, tan arrugado como mi frente y tan empapado en mi sudor como mis manos al pretar los punos en doloroso recuerdo.

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